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lunes, 19 de julio de 2010

Capítulo 7

Las casas de la calle Aire eran bastante buenas pero sin exceso de lujos. El portal era bonito, con un gran espejo y detalles en piedra blanca. Era elegante pero no demasiado caro. Subieron en el ascensor hacia el piso de Carla Avilés. Habían tenido suerte y se habían encontrado la puerta del portal abierta. Así se presentarían por sorpresa frente a la ex mujer de Morente. De ese modo no tendría tiempo para prepararse. La gente, por sorpresa, solía ser más sincera.
Iván tocó el timbre de la puerta, blanca impoluta, que sonó con un fuerte “ding dong”. No tardó en abrir la puerta una mujer, de veinte y muchos, no demasiado atractiva. Era normalita, con el pelo algo despeinado, de color rubio pajizo, sujetado en un moño con una pinza azul. Su cara era ovalada y de piel muy blanca. Tenía los ojos marrones y escasos de pestañas. Poseía una nariz grande y unas orejas muy pequeñas. A Iván le sorprendió la enorme diferencia que había entre Mireia Madeira y Carla Avilés aunque, después de mirarla a los ojos y descubrir la maternidad y amabilidad que se desprendía de ellos, sintió que podía enamorarse más fácilmente de esta última.
Carla se extrañó mientras les miraba detenidamente. Eider se adelantó a sacar su placa del bolsillo de su chaqueta.
-¿Carla Avilés?
-Si, soy yo.- Su voz era dulce y melódica aunque se detectaba algo de miedo en ella.
-Somos de la policía. ¿Podíamos pasar?
Carla miró hacia un lado y hacia el otro y dijo:
-¿Pueden esperar un momento?
Eider e Iván asintieron al unísono y Carla desapareció cerrando la puerta a su paso.
No se percibía ningún tipo de sonido de dentro de la casa. Los policías se miraron uno al otro mientras esperaban frente a la puerta. Después de cinco minutos de espera, Carla Avilés volvió a aparecer.
-Si, ya pueden pasar.
Pasaron al salón de la casa. Era una habitación amplia, pintada en tonos crudos, con un amplio sofá blanco con cojines verdes. Todo estaba ordenado y limpio. No había apenas ni una mota de polvo.
Carla les invitó cordialmente a que se sentasen en el sofá y ella se sentó en una butaquita blanca. Cruzó las piernas y les dirigió una mirada de ingenuidad con sus ojos marrones.
Iván se fijó en las fotos. Eran fotos familiares de Carla con su hija, Rinoa. También había varias en las que salía Sergio. Parecían una familia unida y feliz.
-Bueno… ¿Qué quieren?- preguntó Carla aunque Iván suponía que ya se lo imaginaba.
-Veníamos a preguntarle a cerca de Sergio Morente, su ex marido.
Ella asintió.
-¿Qué quieren saber?
-¿Cómo era su relación antes y después del divorcio?
-Antes pues éramos un matrimonio normal y después un ex matrimonio normal, también. El acuerdo fue amistoso y no tuvimos ningún tipo de problema. Las cosas se solucionaron en su debido momento. La relación estaba gastada y los dos acordamos que se terminara. No hay nada raro en eso.
-¿Y que me dice de la retirada de custodia que había presentado en los juzgados?
-Eso… Eso es otro asunto.
-¿Qué asunto?
-Pues verán… Resulta que desde hace unos días...
Carla tuvo que cortar su discurso pues apareció por la puerta del salón Rinoa. Era la niña más mona que Iván había visto. Era menudita, acorde con su edad. Tenía el pelo de su madre, rubio pajizo, y los ojos verdes electrizantes de su fallecido padre. Su cara era bonita, de piel blanca de porcelana y gesto inteligente. Se arrascaba la cabeza mientras miraba a su madre con gesto extraño.
-Mamá… ¿Quién es esta gente?- su voz era muy bonita, infantil.
Carla miró a los policías sin saber que decir.
-Son… visitas, amor. Vuelve a tu cuarto que ahora voy.
La niña la miró intrigada y desapareció andando despacito por la puerta.
-Verán… Hoy me he tenido que quedar en casa por que mi oficina ha cerrado. La madre del jefe se ha muerto y ha cerrado la oficina. Así que no he traído a la niñera, me quedo yo a cargo de mi hija. La verdad es que no es el mejor momento para hacerme preguntas sobre esto.
-¿Lo sabe?
Carla negó con la cabeza mientras reprimía unas lágrimas.
-No he tenido fuerza…
-Algún día se lo tendrá que contar.
-Supongo que si pero, ¿tan pronto? Todavía no lo he asimilado yo, si quiera. Es su padre… Bueno, era.
-¿Tenían mucha relación?
-Si… Rinoa le adoraba y él a ella. Era un buen padre.
-¿Entonces, la denuncia?
-No es tiempo para hablar sobre ello. No quiero que Rinoa se entere ni lo de la custodia ni de la muerte…- bajó la voz- de su padre.
-¿Cuándo podríamos vernos?
-Pues… Mañana en el descanso de el almuerzo. Trabajo en una empresa llamada “Cimiento”. Soy secretaria. La oficina está a dos calles de aquí. Esperen les doy una tarjeta.
Carla rebuscó en uno de los cajones del mueble de madera clara y sacó una tarjeta blanca. Se la tendió a Iván.
-Enfrente hay un café. Se llama café Constantinopla. Allí voy a tomar el almuerzo con mis compañeras normalmente. Mañana almorzaré con ustedes. Allí me podrán preguntar acerca de lo que ustedes quieran. Les responderé a todo lo que pueda, se lo prometo. Pero ahora no es el momento.
-Está bien. Nos vemos en este café a las…
-Doce y veinte. A la una menos diez tengo que estar de nuevo en mi puesto de trabajo así que espero…
-Tranquila, no tardaremos más de veinte minutos.
-Eso espero.
-Descuide. Bueno nos vamos.
Carla les acompañó hasta la puerta y les dio las gracias por su comprensión.
Iván y Eider tomaron el ascensor y, de nuevo en la calle, Eider le dijo:
-Se la veía bastante nerviosa.
-Si, pero yo creo que era por lo de la niña, más que nada.
Eider frunció los labios.
-Debe de ser duro perder un padre de tan pequeña.
-Seguro… A mí no me importaría perder el mío.
-¿Qué dices, Iván? No digas esas cosas.
-Las digo. Mi padre no ha hecho más que instigarme y meterme cizaña. Yo nunca era lo suficiente bueno para él. Si mis compañeros de clase. Siempre me decía “mira fulano, su padre tiene que estar bien orgulloso de él. En cambio tú…”. A veces yo tampoco quería que el fuera mi padre, quería ser el hijo de alguno de esos padres orgullosos.
-Lo haría porque quería que fueras buena persona, buen profesional… A mí tu padre me parece un gran hombre.
-Sí… A todos os lo parece. A mí también, no te engañes. Pero en muchas ocasiones pudo ser mejor padre de lo que fue. Si ganaba algo me restregaba que había sido por poca diferencia del segundo. Si era yo el que quedaba segundo se limitaba a mirarme decepcionado.
Eider le miró con el ceño fruncido.
-No deberías quejarte de tu padre. Te introdujo esta vocación. En cambio el mío no dejaba de meterme trabas para que me dedicara a otra cosa o estudiase una carrera como medicina o derecho.
-Mi padre también me puso trabas. Cuando le dije que me iba a meter en el cuerpo estuvo una semana preguntándome si de verdad pensaba que estaba lo suficientemente preparado. Fue absolutamente insoportable. Estuve a punto de renunciar para que cerrase la boca.
Eider le miró sorprendida. Ciertamente no veía a Carlos de la Fuente haciendo eso. A ella le parecía un gran profesional pero también buena persona. Por lo menos esa era la impresión que le había producido en el poco tiempo que le conocía.
-Bueno, ahora si que se ha terminado la jornada. Me voy para casa que estoy baldado.
-Está bien. ¿Mañana quedamos directamente para hablar con Carla?
-Si… No hay nada más que podamos hacer.
-Está bien. Hasta mañana, Iván.
Se despidieron y cada uno se dirigió a su casa.

miércoles, 14 de julio de 2010

Capitulo 6

La plaza de toros estaba casi vacía pues apenas pasaba gente. Eran las once menos cinco de la mañana y los policías se encontraban en la puerta esperando al vigilante. Este apareció igual que el día anterior.
-Buenos días, señores.
-Buenos días. ¿Esta el señor Camacho?
Antes de que les respondiera, Eider pensó muchas cosas. Pensó en si se había dado a la fuga para evitar declarar. Pensó en que aún no había llegado y, con la excusa de que el tráfico estaba congestionado, les citaba el día siguiente. Pero todo se desmoronó cuando el hombre dijo:
-Si, claro. El camerino de enfrente del de Pierre Larousse. Allí le podrán encontrar, llego hace cuarto de hora.
-Gracias.- dijo Iván mientras entraba en la plaza.
Llegaron al camerino de Camacho sin perderse, guiándose por la vez que habían realizado el interrogatorio a Larousse. Iván dio tres golpes a la puerta y la voz de Camacho les indicó que pasasen.
Se le encontraron allí. Era un hombre alto y fuerte, con el pelo completamente cano y los ojos negros y saltones. En su mano derecha reposaba un puro pese a que le habían dicho que no fumase allí dentro. Su rostro era parecido al de un cerdito, con la nariz chata. Vestía un sencillo traje gris y una corbata de ese mismo color.
-Buenos días.
-Buenos días, señor Camacho.
-Aquí me tienen. Pregúnteme lo que quieran.
-Bien…- Iván pensó cuál sería el principio del interrogatorio mientras exhalaba un suspiro.- ¿Cuál era su relación con Morente?
-La típica. Representante y representado. Había amistad entre los dos pero tampoco éramos íntimos.
Eider quería ir al grano pero Iván quería tomarse su tiempo.
-Sergio… ¿Solía llevarse mal con la gente?
-No, que va. Era un tipo tranquilo. Era buena persona, una pena…
-¿Cuál era el siguiente destino en la gira?
-Íbamos a hacer dos o tres espectáculos en la Francia de Larousse. Ahora he tenido que cancelarlo todo… Larousse no está con ánimo y la verdad es que yo tampoco.
Iván miró a Eider dándole permiso para que fuera al grano.
-¿Y que me dice…- dijo la bilbaína mientras sacaba de su chaqueta la bolsa de plástico que contenía la nota de Camacho.- de esto?
El representante cambió su gesto tranquilo por uno bastante más tenso mientras reconocía la nota.
-Si… - consiguió decir.
-¿Qué significa esto señor Camacho?
-Es una historia muy larga…
-¡Que casualidad! Nos encantan las historias largas. ¿Verdad, Iván?
-Si. Si lo sé me traigo las palomitas. Cuéntelo.
-Verán… No quiero echar mala fama a Sergio.
-Tenemos que resolver el caso, se lleve mala fama quien se la lleve.
-Bueno pues… Sergio me estaba chantajeando. Verán, sin ánimo de echarle mala fama, Sergio era muy orgulloso. Le encantaba que la gente le aplaudiera, le admirara, le dijera que era el mejor… Era buena persona si, pero con exceso de orgullo. Solo hacíamos una parada en España, de momento, pues no encontrábamos patrocinadores más que aquí y eso a Sergio no le gustaba nada. En los otros sitios siempre la han admirado mucho, mucho más que a su compañero pues siempre ha sido el que más aplausos se ha llevado. En cambio, en Francia… Estaba claro que Larousse iba a ser la estrella y él un secundario. Ya se oía en las localidades donde lo íbamos a hacer el triunfante regreso de su campeón. Sergio se ponía completamente celoso y no lo soportaba. Poco tiempo después de llegar aquí para preparar el espectáculo, hará unos diez días, Sergio se presentó en mi despacho con unos trapos sucios míos y…
-¿Qué clase de trapos sucios?
Camacho se miró las manos y se pasó la lengua por los labios agrietados mientras miraba a los policías con sus negros ojos saltones.
-Hace tiempo llevé la carrera de un joven futbolista. Tenía una gran proyección pero se lesionó mientras jugaba en el Atlético de Madrid. La lesión fue gravísima y se tuvo que retirar del plano deportivo. Se debía de aburrir en casa y se puso a repasar papeles de cuando jugaba allí. Descubrió que le desviaba dinero para mis propios beneficios. Muy poco, comparado con lo que ganaba. Unos quince mil euros. Llegamos a un acuerdo y se los pagué pero… Si eso se llegaba a descubrir nadie querría trabajar más conmigo y no podía exponerme a ese riesgo, más sabiendo que me quedaba un año de contrato con Larousse y Morente. Eso él lo sabía y fue a darme donde más me dolía.
-Y… ¿Qué le pedía a cambio de no enseñar esos papeles?
-Que cancelara toda la gira por Francia y que buscara patrocinadores por Inglaterra, donde es él muy reputado. Yo le dije que a Inglaterra ya habíamos ido al principio de la gira y, además, le dije que Francia deseaba el espectáculo. Me chantajeó con aquellos papeles pero yo no iba a ceder al chantaje por Larousse y por mí. Íbamos a sacar una buena tajada de Francia…
-¿Larousse lo sabía?
-No. Sé que el francés le guardaba mucha estima al español y este a él también… Sólo le perdía el orgullo.
-Señor Camacho, ¿Cree que alguien pudo sabotearle la moto?
-No, lo dudo mucho.
-Sergio, ¿Tenía algún tipo de problema con alguien?
-Ya les he dicho que no tenía enemigos. ¿Saben algo que yo no sepa?
-Si. La moto fue saboteada. Partiendo de ahí, ¿Qué piensa usted?
-No lo sé… Aunque, ahora que lo dice… Sergio andaba muy preocupado pues venimos con antelación a Zamora para que él pudiera preparar un juicio…
-¿Un juicio?- dijo Iván mientras se hacía el ingenuo.
Camacho parecía relajarse bastante ahora que él y sus trapicheos no eran el centro de la conversación.

-Si, su ex mujer. No sé la razón pero quería quitarle la tutela compartida de la niña. Quería que no la volviese a ver. La hija de Sergio pasaba con él un fin de semana de cada dos, para lo cuál Sergio se venía aquí. Ahora parece ser que Carla, su ex mujer, quería quitarle por completo esos derechos. La verdad es que se le veía muy cabizbajo a Sergio pero apenas hablaba sobre el asunto y, al fin y al cabo, no tenía la suficiente confianza conmigo como para contarme ese tipo de cosas.
-Ya, entendemos eso. Al fin y al cabo, usted solo era el representante pero, ¿podía facilitarnos algún que otro dato sobre Carla Avilés?
-Poca cosa. Cuando empecé a llevar a Sergio estaba a punto de separarse y la cosa no iba nada bien. Sé que ella vive ahora en el piso en el que ellos vivían cuando estaban casados y que Sergio le regaló su parte. Luego él se compró el piso nuevo…
-¿Podría usted facilitarnos esa dirección?
-Bueno… Si, puedo facilitarla. He ido a hablar con Sergio allí varias veces antes de que él y Carla terminasen del todo.
Eider le tendió papel y bolígrafo.
-Escríbala.
Camacho la miró mientras se pasaba un dedo por su nariz porcina. Luego cogió lo que ella le daba y garabateó una dirección en el papel. Eider la recogió y leyó:
“Calle aire, número 3, primero izquierda.”
-Está en el centro… No tiene pérdida.
-Gracias.
-A ustedes, supongo.
Los policías se fueron del camerino y salieron a la calle. Iván miró su reloj, todavía les faltaban dos horas para terminar la jornada.
-¿Qué hacemos?
-Bueno, yo creo que tendríamos que ir a preguntar a la ex mujer. Aunque si te soy sincera, Iván…
-¿Qué?
-No me creo mucho de lo que ha dicho ese tipo. Quizás le tenga enfilado desde el principio pero no sé… Me produce malas sensaciones.
-¿Tú no eras la que se guiaba solo por la lógica y todo eso?
-Tienes razón… Lo tuyo debe ser contagioso.
-Entonces vamos a casa de Carla Avilés rápido a ver si estando parados se contagia antes.

domingo, 11 de julio de 2010

Capitulo 5

El despertador sonó a las ocho y media de la mañana, haciendo que Iván se despertara sobresaltado. Abrió los ojos bruscamente y palpó la sábana a su izquierda. Nada, Irene se había ido.
Se restregó los ojos para quitarse las legañas y pensó en lo imbécil que era. Hacía dos semanas se había prometido a si mismo que nunca volvería a tocar a Irene, pasase lo que pasase. Había faltado a su promesa y de que manera. Estaba hecho un lío. Normalmente, cuando volvía a los brazos de Irene, pensaba que las cosas iban a ser diferentes y no se sentía culpable de nada. Ahora tenía la sensación de que todo sería igual que siempre y, además, tenía un aplastante cargo de conciencia sobre su cabeza. Nunca se había sentido tan idiota.
Decidió dejar de pensar en Irene y en eso. Probablemente no volviera a saber de ella hasta dentro de una semana, como siempre. Se centraría en su trabajo. La cosa estaba bastante interesante como para olvidarse de lo demás.
Llegó a menos dos minutos a la comisaría. Era un gran record para él pues no quería llevarse otra vez una regañina de su padre y también por que quería que el ambiente entre Eider y él siguiera siendo relajado.
Se la encontró, esperándole, en la puerta.
-Buenos días.- le saludó ella.
-Buenos días.
-¿Has llamado al laboratorio?
-No… Ahora.
Iván cogió su teléfono móvil y marcó el número de Martin Muñoz. No tardó nada en contestar.
-¿Iván?
-Si, soy yo. ¿Tienes ya los resultados?
- Si, claro. ¿Andáis por la comisaría? Yo ahora voy para allá. Nos vemos en veinte minutos en el laboratorio y os comento.
-Está bien.
Iván colgó y dijo:
-Dentro de veinte minutos estará aquí. Dice que ya tienen los resultados. Supongo que les sacarían esta mañana. A las nueve menos diez se van a desayunar y hasta las nueve y veinte no vuelven.
Eider asintió y dijo algo que le sorprendió muchísimo a él.
-Iván… Te invito a desayunar. Así no esperamos aquí.
No pudo evitar abrir la boca antes de aceptar la invitación.
Entraron en una pequeña cafetería llena de gente. Los señores y señoras se sentaban en las mesas, con sus cafés humeantes o sus chocolates calientes, y charlaban animadamente. Había gente que degustaba enormes cruasanes y magdalenas de chocolate en cambio, otros, sólo bebían el café.
Llegaron a la barra y pidieron, lo más rápido que pudieron, dos cafés con dos cruasanes. Se sentaron en una mesita en el centro de la cafetería, la única que quedaba libre.
-Bueno…- dijo ella mientras daba vueltas a su café con leche- ¿Cómo ves tú el caso? Le he estado dando vueltas toda la noche… Hay tantas posibilidades…
-No sé, la verdad es que no he tenido mucho tiempo para pensar en ello.
-Bueno pero es que yo tengo la cabeza llena de ideas y… Hay tantas cosas que pueden haber sido… Puede que fuera lo que yo dije al principio, un error de Morente. También puede ser alguien que le saboteara la moto. Está la carta esa de su ex mujer respecto a la custodia de su hija. Luego, por otro lado, también tenemos los supuestos chantajes que Morente hacía a Camacho, que me da muy mala espina…
Iván bebió un largo trago de su café cortado mientras la escuchaba. Él, aquella mañana, había pensado en meterse en el caso para así olvidarse de Irene y de todo lo demás. Eider parecía que ya lo estaba haciendo.
-Debes de creer que estoy loca…
-No, que va. Entiendo que estas cosas lleguen. No deja de ser… gente. A mí también me afectan simplemente he tenido otras cosas en la cabeza si no estaría como tú.
-Ya pero yo… Yo no suelo, o no solía, ser así. Y quería invitarte a este café y darte un poco las gracias por ello. Se que no es suficiente pero, Iván,... Me has abierto los ojos y me has hecho ver el caso de una forma más humana. Estoy deseando resolverle, me intriga todo. El como, el donde, el porque…
Iván sonrió. Desde que la conocía, estaba viendo su lado más humano.
Cuando terminaron Eider insistió en pagar la cuenta y lo hizo, pese a los intentos poco fructíferos de Iván de que no lo hiciera.
Salieron de la cafetería y se adentraron en la comisaría. Bajaron al sótano donde, al lado de los calabozos, se encontraba el laboratorio.
Era un sitio amplio, con multitud de máquinas y ordenadores. También había microscopios, mesas de montaje, tarros con muestras y otras tantas cosas que no conocían.
Martín salió a saludarles en cuanto les vio.
-Hola, chicos. – dijo mientras les miraba con sus electrizantes ojos azules y se pasaba la mano por el pelo castaño claro. Tenía cara de pillo, aunque era muy buena persona.
-Buenos días, Martín. ¿Qué habéis sacado?
-Pues mira, Iván. Primero una cosa muy interesante.
Se agachó para abrir un archivador y sacar un informe.
-Observad.
Le tendió el informe a Iván que no entendió nada pues todo eran palabrejas técnicas.
-Eh... Si. Pasa a la última hoja. ¿Os acordáis de que estuve preguntando al jefe de los mecánicos? Pues bien, le pregunté que pruebas hacían falta para saber si la moto había sido saboteada o no. Realizamos durante la noche esas pruebas y esta mañana hemos obtenido los resultados. Preparaos chicos…
Eider e Iván se miraron uno al otro mientras Martín intentaba darle emoción al asunto.
-Vamos, suéltalo ya.
-Si… La moto fue… Saboteada. Alguien hizo un pequeño agujero en el surtidor de gasolina y… ¡Bum! Todo explotó.
-¿Fue alguien ajeno? ¿No fue un error?
-Estoy seguro al noventa y cinco por ciento de que fue alguien que le saboteó.
Iván miró a Eider, se la veía emocionada. Él también lo estaba. Hasta Martín se mostraba así aunque el caso le fuera más ajeno.
-Y hay más…
-¿Qué más?
-¿Os acordáis de que os dije que había encontrado huellas?
-Si... ¿Dos o algo así no?
-Exactamente. Bueno pues también las hemos analizado y las hemos comparado con las huellas de la mano de Sergio. Los guantes las protegieron y estaban en bastante buen estado pese a que el cuerpo no estaba demasiado… En fin.
-¿Ya le han practicado la autopsia?- se interesó Eider.
-Si, aunque no hay mucho que contar respecto a eso. La causa de la muerte fue que se quemó y también un pequeño colapso nervioso que hizo más grave el accidente, si cabe.
-Bueno… Y, ¿Qué has hallado de las huellas?
-Si, veamos… Encontramos dos huellas. Unas estaban colocadas en el manillar de la moto y otras en el motor. Pues bien… Las primeras coinciden a la perfección con la víctima. Como yo ya suponía, esas huellas pertenecen a Sergio Morente. Respecto a las huellas halladas en el motor… No coinciden con las de Sergio. He pensado que… son de la persona que le saboteó.
Martín esbozó una enorme sonrisa que hizo pensar a Iván que las huellas ya tenían un dueño demostrado.
-Y son de…- dijo él.
-No lo sabemos. Sea quien sea no esta en la base de datos. Lo cual nos deja muy pocas pistas pues ninguno de los implicados tiene antecedentes penales ni ha sido fichado nunca, que nosotros sepamos, así que puede ser cualquiera de ellos.
Tanto Eider como Iván miraron al suelo, cabizbajos. Habían pensado que lo tenían tan cerca ya…
-¡Eh! Pero es una gran noticia. Eso significa que en cuento tengáis a alguien lo suficiente en el ajo para pedir una orden y poder tener sus huellas podéis compararlas con estas y saber si ha sido él.
-La verdad es que nos facilita bastante las cosas.- se animó Eider.
-¡Claro que sí! Si de verdad Morente no dejaba revisar su moto a nadie más, como me contasteis, esas huellas tendrán que ser del culpable sí o sí. Pero bueno, yo hasta aquí ya he hecho mi trabajo. Ahora os toca o vosotros investigar y sacarnos de dudas. Mantenedme informado y si necesitáis que os analice algo, o encontráis algo extraño traédmelo.
Los dos asintieron y salieron del laboratorio, no sin antes darle las gracias a Martín y a sus compañeros por todo el trabajo que habían echo.
-Bueno…- dijo ella- Parece que tú tenías razón…
-Eso parece pero no pasa nada.
-Me precipité pero bueno ya empezaba a ver el caso desde esta perspectiva, es más interesante.
-¿Vamos a ver a Camacho?
-Si. Creo que debemos empezar por ahí.

jueves, 8 de julio de 2010

Capitulo 4

Iván se puso otra vez a la cabeza para que Eider pudiera seguirle con su moto. En cuanto llegaron a la plaza de toros fueron a preguntar al vigilante donde estaba el camerino de Camacho.
-Esta en frente del de Pierre Larousse. Pero creo que había salido…
-¿A dónde?
-A su despacho a arreglar las cosas con los lugares donde tenían pensado actuar los próximos meses. Después de este incidente toda la gira que iban a hacer por Francia tendrá que ser cancelada. La gente francesa espera ver a Larousse, es su ídolo, pero en estas condiciones…
-¿Dónde esta su despacho?
-En Valladolid.
Los dos policías se miraron atónitos.
-¿No le dijo nadie que no podía irse hasta ser interrogado?
-No, no lo sabíamos…
-¿Tiene el número de su despacho?
-Si, me pasó una tarjeta… Por si preguntaban por él, esperen.- El hombre rebuscó entre los bolsillos de su uniforme para sacar una arrugada tarjeta blanca.- Tengan.
La tarjeta era rectangular y pequeña, típica tarjeta de visita. En ella ponía:
“Adolfo Camacho, representante.
Oficina: Paseo Zorrilla 82 47007 Valladolid.”
También había dos números de contacto, uno fijo y otro móvil. Eider marcó el fijo, comunicaba. A continuación marcó el móvil y se oyó una voz de hombre, grave y varonil.
-¿Diga?
-¿Adolfo Camacho?
-Si, soy yo. ¿Quién es?
-Eider Etxebarri, de la policía de Zamora.
-Ah si. ¿Pueden esperar un segundo? Estoy tramitando las cosas con los franceses. Será solo un minuto.
-Está bien.
Estuvieron tres minutos en silencio, hasta que volvió a hablar aquella voz, la de Adolfo Camacho.
-Díganme.
-Señor Camacho. ¿Por qué no esta aquí?
-Me marché a las diez de la mañana a hacer los trámites de todo el lío que tengo encima. Les vi irse cinco minutos antes así que supuse que no me necesitarían.
-Pues ahora le necesitamos.
-Bueno… Mañana por la mañana estaré ahí sobre las once. Entonces podrán preguntarme lo que quieran.
-Está bien. No se olvide.
-Descuiden. Buenos días.
Eider miró a Iván.
-¿Qué hacemos?
-Bueno oficialmente nuestra jornada de trabajo acaba de terminar. Y, total, hasta mañana no conseguiremos mucho más.
-Bueno… Si. Entonces mañana quedamos a…
-A las nueve en la comisaria. Llamaré a Martin para que nos venga a dar los resultados del laboratorio. Dijo que lo tendrían para mañana. Luego vendremos aquí y entrevistaremos a Camacho y, si Martín y los demás hacen bien su trabajo, ya sabremos si fue accidente o asesinato.
Eider asintió.
-Bueno pues… Nos vemos mañana.
Iván sintió la necesidad de decirla algo más. Desde que habían hablado con seriedad aquella mañana las cosas habían cambiado mucho. Ella ya no se mostraba tan reacia a hacerle caso y le empezaba a mostrar una cierta consideración. Quería agradecérselo de alguna manera, no le gustaba que las cosas buenas que hacia le gente quedaran sin recompensa.
-Esto… Eider.
Ella se giró y su pelo cobrizo brilló emitiendo pequeños destellos.
-¿Si?
-¿Te… vienes a tomar algo?
Ella dudó y el continuó.
-Podemos… ya sabes, comer juntos. Para celebrar que la cosa no ha acabado del todo mal.
No quería que sonara como que estaba interesado por ella, no lo estaba. Sólo quería agradecerle que, al final, hubiera tenido un comportamiento digno de compañeros.
-No, gracias. Voy a ir a comer a casa. Ya lo tengo hecho de ayer.
-Bueno, no pasa nada. Quizás en otra ocasión.
-Quizá… Bueno Iván, hasta mañana.
Iván la despidió con la mano y se subió en su coche.
Llegó a casa comió, se duchó y se tumbó a ver una serie americana bastante mala. Se quedo dormido enseguida, no había otra cosa que hacer.
Una media hora después le despertó el sonido del telefonillo. Al principio, Iván pensó que formaba parte de su sueño y no fue a contestar luego se levantó a regañadientes y descolgó el auricular.
-¿Diga?
-¿Iván?
Creyó caer en la cuenta de quien era la voz de mujer que se oía pero se resistió a pensarlo, no podía ser. ¿Qué hacía ella allí?
-¿Qué quieres?
-Ábreme, por favor.
Iván miro alrededor. Tenía los platos sin fregar en el fregadero pues se había echado la siesta y no esperaba visitas pero por lo demás la casa estaba en orden.
-Está bien.- dijo al mismo tiempo que apretaba el botón que habría la puerta.
Fue a cerrar la puerta de la cocina sin dejar de preguntarse que haría ella allí. A los dos les había quedado bastante clara la situación…
Sin que le diera demasiado tiempo a pensar se oyó el timbre de la puerta. Nada más abrir se encontró con ella. Llevaba una escotada camiseta amarilla y unos pantalones blancos. Se había rizado el pelo y lucía unas gafas de sol.
-Hola, Iván.- le saludó con su voz jovial.
-Irene… ¿Qué haces aquí?
-He venido a verte.
-Ya… pero, ¿Por qué?
La expresión de su cara se tornó sombría y se sentó en el sofá.
-Te echo de menos.
Él suspiró. Su historia con Irene siempre había sido muy complicada. Ella tenía ocho años menos que él, dieciocho en ese momento, y llevaban saliendo juntos de forma intermitente desde hacía dos. Irene era una cría y lo había demostrado en incontables ocasiones. Se iba con otros hombres para luego regresar arrepentida a sus brazos. Tenía algo que hacía que Iván siempre la perdonara. La última vez ya no había querido perdonarla y la verdad era que se había quitado un peso de encima. Lo hablaron y decidieron que lo mejor era dejarlo para siempre. ¿Por qué ella había vuelto?
-Irene… Creo que lo dejamos todo claro.
-Ya lo se pero… No puedo estar sin ti, ya lo sabes.
-Pero yo decidí y decidí acabar con esto.
-Ya lo se pero… Quizás nos dejamos llevar por el momento.
-No. Me has puesto los cuernos unas siete veces en dos años. He estado semanas e incluso meses sin saber nada de ti para que luego volvieses. Creo que ya era hora de que cada uno siguiera su camino.
-Pero yo quiero que mi camino sea el tuyo.
-Ya no podemos seguir caminando juntos.
Iván la miró. Era una chica guapísima. No aparentaba dieciocho si no, al menos, veinticinco que fue la cosa que le hizo acercarse a ella cuando tenía dieciséis. Tenía el pelo castaño oscuro y moldeable. Sus ojos eran marrones y grandes. Sus rasgos eran un poco masculinos pero era realmente hermosa. Medía al menos uno ochenta y en varias ocasiones la habían ofrecido trabajar como modelo.
-Irene…
-No digas nada.
Ella le tapó la boca con el dedo anular para después besarle. Fue un beso corto, con pequeños mordisquitos, de esos que a él le volvían loco. Él le apartó de si con las manos, lentamente. No quería volver a tropezar con la misma piedra.
-Ya se acabó, Irene.
-No se acabó- susurró ella con voz juguetona. Venía dispuesta a todo.
Empezó a ir a sitios donde él no quería que fuera.
-¡Basta ya! ¿Tú no sabes lo que significa no?
-La verdad es que no.
Cuando Iván se quiso dar cuenta, ya la tenía entre sus sábanas de nuevo.

Capitulo 3

La urbanización siglo XXI era un sitio tranquilo y de rango donde vivir. Las casas eran bonitas, de color anaranjado y de dos pisos. Todas eran exactamente iguales, pegadas unas a otras y poseían un pequeño jardín con piscina, cada una. A Iván le resultaron chocantes, tan diferentes de su piso en el centro.
Mientras él observaba, Eider miraba los números de las casas buscando el número veintidós. La encontró y le hizo un gesto a su compañero para que la siguiera.
-¿Llamamos?- dijo Iván mientras señalaba al telefonillo plateado que estaba en la puerta del jardín.
-A no ser que sepas trepar vallas…- dijo ella con ironía mientras pulsaba el botón de llamada.
-¿Diga?- contestó una voz de mujer unos segundos después.
-Somos de la policía. Abra por favor.
Se oyó el ring característico de cuando la puerta se abre y los dos entraron. Intentaban seguir el camino de piedra y no pisar el césped mientras se dirigían a la puerta de la casa.
Una mujer abrió la puerta. Era joven, tendría alrededor de veinticinco años, alta, al menos metro ochenta y extremadamente hermosa. Tenía la piel acaramelada, típica de una mulata, los labios, gruesos y sensuales y los ojos negros muy brillantes. Llevaba el pelo castaño oscuro, liso y recogido en una coleta. Se vestía con un ceñido top deportivo dorado y unos pantalones, también deportivos, verdes. Parecía que acababa de hacer ejercicio pues su frente estaba perlada de sudor.
-Buenos días.- saludo con una voz extremadamente femenina.
-Buenos días ¿Es usted Mireia Madeira?
-Si, soy yo.
-Veníamos a realizarle unas preguntas sobre Sergio Morente.
-Si… esperaba que viniesen tarde o temprano. Pasen.
La hicieron caso y entraron en un espacioso salón, de unos veinte metros cuadrados, decorado en tonos pastel. Ella se soltó la coleta y dijo:
-¿Pueden esperar cinco minutos? Me voy a dar una ducha rápida. Estaba haciendo ejercicio. Me ayuda a… evadirme.
Su mirada se torno espectacularmente triste tanto que hasta a Eider le dieron escalofríos.
-Si, no se preocupe- dijo Iván- la esperaremos aquí.
-Pueden ir al frigorífico y coger cualquier cosa que deseen.
-No, gracias.
Mireia se alejó por el pasillo mientras los policías se sentaban en el sofá beige.
La vida de la joven brasileña había sido muy dura. Era hija de un inglés que nunca la había reconocido, por más que su madre luchó por ello. Vivían en una favela y tenían recursos muy escasos. A los quince años, paseando por Río de Janeiro, un cazatalentos la fichó para hacer un comercial de cremas solares y ahí comenzó su estelar salto a la fama. A los dieciséis ya desfilaba por las pasarelas más importantes y tenía unos ingresos notables. Tanto que su padre la reconoció para así convertirse en el cuidador de la mitad de su creciente fortuna. Le sustrajo mucho dinero, casi todo a lo que tenía acceso. Cuando Mireia cumplió los dieciocho y se hizo mayor de edad, su madre denunció a su padre por robo. Ella se negó a que lo hiciera pues aún albergaba la esperanza de que su padre la tratase como una hija pero su madre lo hizo de todos modos. Él fue condenado a pagar el setenta y cinco por ciento de todo el dinero que había manejado en esos dos años. Cuando ella tuvo veintidós, el falleció, dejándole tan solo en el testamento un pequeño apartamento viejo en Brasilia con la nota “Ahí fuiste concebida tú, extramatrimonialmente y por culpa de tu madre.” El resto de su fortuna, que no era poca, paso a las manos de los otros hijos que tuvo con la mujer que se casó.
Mireia no había tenido nunca demasiada suerte con los hombres. La habían utilizado, como su padre, o la habían tenido solo como florero y como carnaza sexual debido a su extremada belleza. Un buen día conoció a Sergio y su vida dio un giro de trescientos sesenta grados. Ahora su vida volvía a carecer de significado.
Regresó al salón en apenas diez minutos, con el pelo mojado y un sencillo pantalón vaquero gris con una camiseta blanca. Hasta así, de forma tan sencilla, su hermosura era algo impresionante.
-Bueno, estoy lista. Pueden preguntar lo que quieran.
Mireia se sentó en un sillón que, al igual que el sofá, era beige. Miraba a los policías serena y triste a la vez. Se cogía una mano con otra y se la acariciaba. Intentaba consolarse a si misma.
-Veamos… ¿Cómo era su relación con Sergio?- dijo Iván, decidiendo empezar por el principio
-Él era… Simplemente era lo mejor que me pasó nunca. Era una persona abierta, ayudaba a todo el mundo, por todos estaba preocupado…
Mireia se tuvo que pasar la mano por los ojos pues una lagrimilla empezaba a descender por ellos.
-¿Sergio revisaba su propia moto?- Esta vez fue Iván quien formulo aquella pregunta para disipar las dudas.
-Si, claro. Su moto era su segunda novia. A veces incluso me sentí celosa de ella. Podía pasarse horas el solo con ella. Se que si no se le hubiera dado tan bien conducirlas habría sido un brillante mecánico. Tenía el sueño de fundar su propia marca de motos… Siempre decía que algún día lo lograría.
Ella miró al suelo, nunca lo lograría.
-¿Sergio tenía algún enemigo?- continuó Iván, que llevaba el ritmo del interrogatorio.
-¿Sergio? No, para nada. Ya le he dicho que era una gran persona. Si tenía alguna rencilla con alguien era pasajera y siempre acababan arreglándolo. Sergio tenía el poder de llevarse bien con la gente. Si tenía algún problema con alguien era por que él quería y no solía durar mucho tiempo…
Eider, después de un largo tiempo sin abrir la boca, dijo:
-Perdone pero nos han comentado de que Sergio tenía un pequeño taller en casa. ¿Es cierto?
-Si, claro. Era su sitio especial y personal. Se pasaba allí al menos dos horas al día y muchas veces el tiempo crecía considerablemente. Tiene todas sus pertenencias especiales allí. Para él era una especie de… santuario.
-¿Podemos verle?
-Si, claro… Supongo que ya no hay ningún problema. Es la última puerta del fondo. Hagan lo que quieran, les dejo solos. Me voy a secar el pelo mientras. Si me necesitan llámenme.
La joven les indicó donde estaba el taller y subió al piso de arriba.
Los dos policías bajaron al taller. Olía a gasolina pero no olía tan fuerte como para resultar desagradable. Era hasta acogedor. Era un sitio pequeño aunque le habían sacado mucho provecho. Había un pequeño escritorio de madera lleno de papeles, bolígrafos y otras cosas por el estilo. La mayor parte de la sala la ocupaban un montón de herramientas y piezas de lo más variopintas que hacían que pareciera que Sergio poseía cientos de motos cuando sólo era una. También había otros enseres tales como chapa, pintura y cosas al estilo.
Observaron el lugar un par de minutos, tanteándolo.
-¿Por donde empezamos?
-No hay mucho que ver… La verdad es que si Morente no era un experto lo aparentaba.- dijo Eider, sorprendida.
Iván poseía una vista de lince y un gran ojo según la mayoría de los compañeros que habían trabajado con él anteriormente y dio gala de ello.
-Eider… Mira eso.
Señaló un montón de papeles del escritorio. La mayoría eran folios en blanco y dibujos de diseños de motos pero había una carta, al parecer importante, que reinaba el montón de papeles. Eider la cogió y la leyó.
A D. Sergio Morente Vázquez:
Le informamos de que ha sido citado el día 24 de mayo para la vista de juicio por la denuncia de Carla Avilés Serrano sobre la retirada de la tutela compartida de Rinoa Morente Avilés. Le recordamos que tiene que presentarse junto con su abogado.
-Esto no me huele bien. A Morente le habían citado para juicio dentro de cinco días y la denunciante era ni más ni menos que su ex mujer. Y en algo tan peliagudo como la tutela de un hijo.
-Y además, al parecer, se la querían retirar. Me pregunto los motivos de ella…
Iván, después de decir esto, cogió la carta por lo que otra se cayó al suelo. Esta estaba más escondida que la anterior. Era una nota escrita con rapidez en bolígrafo azul. Decía:
“Sergio, no estabas en casa así que te dejo una nota. Tenemos que hablar urgentemente. No voy a caer en los chantajes.
Camacho”
-Vaya, vaya… Parece que Sergio no se llevaba tan bien con todos como decía su novia. Por cierto Iván, ¿Sabes quién es ese tal Camacho?
-Si, claro. Adolfo Camacho el mánager de Sergio y de Larousse. Un pez gordo. Lleva siendo mánager de ellos desde el principio de la gira y antes había llevado a grandes personalidades del deporte.
Eider caviló.
-Lo siento, he fallado.
-¿En que? ¿Qué dices?
-Nos he obligado a venir aquí. Y ese tal Camacho estaba en el camerino de la plaza de toros. Teníamos que haberle preguntado primero.
-Ya… Pero quizás Camacho no hubiera soltado prenda. Ahora poseemos esto.- dijo mientras señalaba la nota- Ahora tiene que cantar.
Los dos asintieron y salieron de allí. Se despidieron de Mireia y le dieron las gracias por su hospitalidad antes de regresar de nuevo a la plaza de toros.

Capitulo 2

El camerino de Pierre Larousse era pequeño. Tenía una silla en el centro y una pequeña cama. También había un espejo en el que el motorista había puesto varias fotos de su familia. Él con su mujer, una modelo rubia, y sus dos hijos, niño y niña, también rubios y de mirada soñadora. Les habían hecho esperar en aquel cuarto mientras el motorista atendía a un medio de prensa.
Iván se sentía incómodo estando a solas con Eider. Aún no sabía que pensar de ella. Era muy hermosa pero se mostraba borde y con muy poco tacto ante las personas que la rodeaban. Emitía un halo de misterio que le volvía loco. Parecía guardar dentro de sí mucho más de lo que exteriorizaba. Había tantas cosas que no comprendía sobre ella… Parecía tener una personalidad muy fuerte pero en ocasiones, como en aquel momento, parecía alguien frágil. Cuando se quedaba callada, sola, dentro de su mundo…
El pomo de la puerta del camerino se movió y entró Pierre Larousse. Era alto, mediría algo más de metro noventa, tenía el pelo castaño claro aunque ya estaba cubierto por canas. Las arrugas se empezaban a agrupar en su frente, como si la vida no le pasara por alto sus treinta y nueve años. Sus ojos, de color grisáceo, emitían un brillo característico de alguien que ha llorado.
-Buenos días, señores.- dijo con un fuerte acento francés.
-Buenos días, señor Larousse.- dijo Iván con toda la corrección y educación con la que fue capaz. Pierre Larousse era también muy admirado por los aficionados a el motociclismo.
Pierre, en sus treinta y nueve años recién cumplidos, había vivido mucho. Saltó a la fama con tan solo dieciséis años participando en el mundial de motociclismo. A los diecinueve consiguió llevarse el campeonato de moto GP y volvió a conseguirlo durante 5 ocasiones hasta que cumplió las veintiséis primaveras en las que se retiró. Después decidió formar una familia, se casó y tuvo dos preciosos hijos. Un año después, ya con la treintena cumplida, se metió en el mundo de las acrobacias pues echaba de menos subirse a una moto. Ahora era todo un experto.
Les dio la mano y preguntó, cansado:
-Bien, ¿En que puedo ayudarles?
-Señor Larousse, tenemos que hacerle unas preguntas acerca de Morente.
-Ya, imagino.
Eider le miró con cara de “así no avanzamos” y fue al grano.
-¿Sergio dejaba que alguien revisara su moto?
-No, nunca. Tenía mucho cuidado con ella. La adoraba. Después de su hija, era lo que más quería en el mundo.
-¿Tenía una hija?- preguntó Iván sorprendido.- Sabía que se había casado con su novia de toda la vida y que después se divorciaron pero no tenía ni idea.
-Si, la pequeña Rinoa. Su madre y él la tuvieron muy escondida de la prensa, de todo. Querían protegerla. Tan solo tiene tres años…
Iván pensó que debía de ser muy fuerte para la niña y se compadeció de ella.
-Pobrecilla- masculló
-Rinoa es una niña muy fuerte. Seguro que lo afrontará como hizo con la separación de sus padres.
-Bueno, ¿podía ser que Sergio hubiera hecho algo mal en su moto?- dijo Eider, cortando el momento triste.
-Imposible. Ese chico sabía lo que hacía. Era muy joven, sólo tenía veintisiete años, pero sabía lo que hacía. Te lo digo yo. Tenía en su casa un taller en el que practicaba, reconstruía motos desde la chatarra… Hacía un montón de cosas que están lejos hasta de los mejores mecánicos. Esto era su pasión, no un trabajo más… Suele serlo para todos los que nos dedicamos a este mundo pero Sergio era especial.
-¿Dónde estaba su casa?
-Esta aquí, en Zamora. Sergio nunca quiso desprenderse de esta ciudad. Vivía aquí y siempre que la gira nos daba un respiro se venía aquí. Mientras, su novia le cuidaba la casa.
-¿Su novia?
-Si. Mireia Madeira, una modelo brasileña. Llevaban juntos desde que Sergio y Carla, su ex, se separaron hace dos años. Él la quería de verdad y la iba a proponer matrimonio. Ella, desde mi punto de vista, también le quería.
-¿Dónde la podemos encontrar?
-Supongo que en su casa. No saldrá mucho. Ayer la vi muy afectada, muchísimo.
-¿Nos puedes facilitar su dirección?
-Si, claro.
Mientras Larousse daba la dirección a Eider, Iván permanecía en su sitio, callado. Ella no le había dejado hablar en ningún momento. Parecía creerse más capacitada que él. Vale, el se dejaba llevar por sus sentimiento pero, ¿acaso no era eso mejor que parecer un bloque de hielo?
-Bueno, ha sido un placer señor Larousse. –Se despidió ella- cualquier cosa que pueda contarnos llaméenos.
-De acuerdo. Un placer.
Salieron del cuarto, Eider delante e Iván siguiéndola.
-Vamos a ver el taller de Morente.
-¿Para qué?
-Por que quiero ver de cerca si es tan experto como dicen. No me creo que no haya cometido el error él mismo. Así hablaremos con la novia. Ella lo puede corroborar. A lo mejor con lo de que la iba a pedir matrimonio descuidó su moto.
-A mí me sigue pareciendo que no es así. Que él no pudo cometer el fallo.
-¿Entonces que fue?
-No sé… quizás la moto no estaba en perfecto estado.
-Entonces también sería un fallo suyo, pues no habría visto el desperfecto.
-Bueno pues… Puede que otra persona…
-¡Iván!- le dijo seria- ¿Tanto te cuesta admitir que él se equivocó?
-No encontramos más que pruebas de que no lo hizo. ¿Tanto te cuesta admitir a ti que no fue culpa suya?
-No es eso. Sólo me guío por lo más sencillo. Y lo más sencillo en este caso es pensar que fue culpa de él. La verdad suele ser lo más lógico.
-No siempre.
-No siempre en las películas, Iván. En la vida real suele ser así.
-Quizás tú vengas de un cuerpo policial en el que es así. Sea lo que sea, sea la bomba que sea, suele ser culpa de ETA. Pero aquí no es así.
-Mira… Mañana recibiremos el resultado del laboratorio. Nos dirá si fue saboteada o fue un error humano. Entonces ya veremos quién se equivoca, mientras tanto…
-Mientras tanto no debemos de descartar ninguna posibilidad. O sea que no vayas por ahí haciendo preguntas como si ya supieras lo que es. No debemos descartar ninguna posibilidad y tú lo estas haciendo.
-No lo estoy haciendo.
-Si, lo haces. ¿Acaso le has preguntado a Larousse si Sergio tenía algún enemigo que pudiera querer sabotearle? No, tan solo le has preguntado si podría a ver fallado al arreglar su moto. Vas a lo que quieres, Eider. Quizás yo ponga demasiado sentimiento y no quiera ver algunas cosas pero tu tampoco quieres ver aquello que no te parece lógico. Hemos dicho que no hay que descartar ninguna posibilidad.
-Podías haberle preguntado tú a Larousse eso que has dicho y no te he visto abrir la boca.
-¡No me has dejado meter baza en todo el interrogatorio! Mira, Eider… Se que este es nuestro primer día como compañeros y que no esta siendo muy bueno. También se que mi padre te ha puesto conmigo para que aprenda de ti. Yo por el momento no aprendo nada… Se que eres una gran profesional en tu trabajo y eso se nota. También se que tienes una ficha excelente y que en el pasado has hecho grandes cosas. Pero este caso es este caso no es otra cosa que has realizado en el pasado. En este caso estamos juntos y soy tu compañero y por ello, tu igual. Me tratas como si fuera inferior a ti y estoy en tu mismo rango. Céntrate en este caso y deja de hacer como si ya lo supieras todo.
Iván se sintió más que a gusto después de soltárselo todo mientras Eider no mudaba su expresión fría y serena.
-Mira, Iván… ¿hacemos una cosa? Resolvemos este caso, dejándonos de ideas preconcebidas, de rangos y de todo eso. Y después, si lo vemos necesario, le decimos a tu padre que nos cambie de compañero. Ya veo que no te gusta trabajar conmigo.
-No es que no me guste… Pero tratas el caso de una forma… Como si no importara demasiado o como si ya estuviera resuelto. Y no lo está. Queda mucho por descubrir y puede que sea como tú dices, que Sergio Morente se creyera más profesional de lo que era… Pero, puede que no. Y nosotros nos ocupamos en descubrirlo. Sea lo que sea.
-Está bien. ¿Vienes en moto o te paso la dirección de la casa y vas en coche?
-Pásamela. ¿Sabes donde está?
-No, mucho. Está en las afueras y por ahí me pierdo aún.
-Déjame el papel.
Ella se lo tendió y él lo observó.
-Bien… Si está en la urbanización siglo XXI. Sígueme con la moto.
Eider asintió.
-Lo siento si he descartado el caso demasiado pronto.- dijo mirando al suelo.- se que a veces me dejo llevar por mis pensamientos y dejo a otros fuera de lugar.
-No pasa nada… Yo me dejo llevar por mis sentimientos, tú por la lógica. Quizás podamos compensarnos. Te veo allí.
Iván se acercó hasta su coche y se montó en él. Eider fue hacia su moto y la arrancó mientras observaba a su compañero. Ella sabía que era una buena profesional o eso creía… Pero también sabía que le quedaba mucho que aprender como persona. Había vivido demasiado rápido, en apenas un año se convirtió en una persona reputada después de salvar a aquel joven. Al fin y al cabo, aún tenía veintitrés años.

Capitulo 1

El reloj despertador sonó con un fuerte pitido que hizo que Iván revolviese las sábanas blancas de su cama. Le apagó y suspiró. Eran las nueve menos veinticinco y el sol le daba directamente sobre los ojos. Se había olvidado de bajar la persiana por la noche. Se levantó de la cama, no sin un esfuerzo notable, y empezó a revolver entre el montón de ropa usada colocada encima de la silla de madera del escritorio. Encontró unos pantalones negros un tanto arrugados y se los puso. Cogió del armario una camisa blanca y también se la colocó. Se detuvo cinco minutos en el espejo antes de salir a la calle para coger el coche.
Mientras conducía, Iván cavilaba. Para él era un auténtico alivio que a los de la policía de investigación no les obligaran a vestir uniforme, pues les odiaba. Su padre le costeó, en su época, colegios de pago donde te obligaban a vestir ridículos uniformes que molestaban y picaban. Era un auténtico alivio que pudiera ir así, sin más.
Aparcó el coche a un par de calles de la comisaría y miró su reloj plateado de muñeca. Eran las nueve y tres minutos. Para él eso era llegar perfectamente pues siempre llegaba con cinco o diez minutos de retraso. Sus tripas le rugieron sonoramente, no había podido desayunar.
Cuando entró a la sala abovedada pintada en colores oscuros que era la comisaría, eran las nueve y cinco. Subió la escalera central con bastante premura y torció por el pasillo derecho con un rápido gesto. Se colocó ante la puerta de cristal con el cartel “Carlos de la Fuente, comisario jefe” que le era tan familiar. Llamó tres veces a la puerta y su padre le indicó que pasara.
Primero reparó en su padre, sentado sobre su sofá de cuero negro, con los dedos juntos y la mirada severa.
-Llegas tarde, Iván.
A él le sorprendió que su padre se enfadara por aquello. Siempre llegaba tarde y en esta ocasión sólo habían sido siete minutos.
-La señorita Etxebarri se merecía un poco más de puntualidad. Quiero que en esta comisaría se de ejemplo de buen tesón y comportamiento.
Claro… Era por la nueva. Iván se obligó a reparar en ella. Apenas llamaba la atención y menos con la figura de su padre acaparando todo el ambiente. Reposaba en una de las sillas de plástico negro que había frente al escritorio de Carlos de la Fuente.
Era muy menuda, aunque estaba sentada, Iván podría decir que mediría poco más de metro sesenta. Tenía una cara con rasgos muy dulces y hermosos. Su cabello era de color cobrizo, una extraña mezcla entre pelirrojo y castaño que brillaba con esplendor al sol que se colaba por la ventana. Lo tenía peinado en suaves rizos, aunque liso en el flequillo y la parte delantera. Sus ojos eran verdes y profundos.
Se miraron unos segundos. Él estaba seguro de que le estaba analizando también. Se preguntó que pensaría de él. Tenía el pelo rubio y brillante que no había perdido el color ni un ápice a pesar del tiempo transcurrido. Sus ojos eran marrones y la gente le decía que tenía una mirada perspicaz y despierta. Era alto, delgado y muchas chicas le consideraban un tipo bastante atractivo. Se preguntó que pensaría ella al respecto.
Pasados unos minutos de observación en los que su padre estuvo hablando sobre la puntualidad, el buen hacer y cosas por el estilo, ella se levantó de la silla y le ofreció su mano. Eran manos pequeñas, como todo en ella, que no llevaban más que un sencillo anillo blanco.
-Eider Etxebarri, encantada compañero.
-Iván de la Fuente, igualmente.
Su mano varonil y grande se encontró con la de ella, tan pequeña y femenina.
-Bueno, chicos.- continuó su padre mientras Iván tomaba asiento en la silla de plástico de al lado de Eider.- Os ha tocado un caso difícil para comenzar. Tenéis que investigar lo de ayer… Ya sabéis, la muerte de Sergio Morente.
A Iván aquello le pilló totalmente de imprevisto.
-¿¡Sergio Morente ha muerto!?
-Si. Al parecer anoche hubo un fallo en su moto y salió volando. Se quemó vivo, no se pudo hacer nada por él. Es una auténtica lástima.
Para Iván fue un duro golpe, siempre le había admirado. Eider, en cambio, no movió ni un músculo bien por que ya lo sabía o bien por que, al no ser de Zamora, la noticia no le era tan cercana.
-Tenéis que averiguar de quién fue la culpa. Si de los mecánicos, si del propio Sergio… Para que las aseguradoras puedan intervenir y esas cosas.
Eider asintió mientras Iván se reponía del shock.
-Primero os aconsejo que vayáis a la plaza de toros. Todos los implicados llevan allí desde que sucedió el accidente. Encontrareis a los mecánicos, al mánager, al otro piloto… Podéis sacar algo de ahí.
Los dos asintieron a la vez. Iván iba recuperando el color de la cara.
-Ya podéis marcharos.- les indicó el comisario mientras hacía un gesto señalando la puerta.- Traedme a el culpable de este lío.
-No se preocupe por eso- dijo Eider con su voz cantante y musical.
Los dos salieron por la puerta.
-Bueno… Vamos a trabajar juntos- murmuró ella- espero que seas realmente bueno y no estés donde estés por ser hijo de tu padre.
A Iván siempre le habían hecho bromas al respecto pero nunca habían puesto en duda su trabajo antes de esa manera.
-Por eso no te preocupes.- Intentó que su respuesta sonara en un tono borde pero no lo consiguió, el no solía ser borde.
Desde ese momento a Iván le pareció que la cosa no iba a ser un camino de rosas.
Caminaron juntos durante unos metros y ella se paró delante de una Honda Passion de color rojo.
-¿Te llevo?- le preguntó mientras sacaba un casco plateado y se le ponía en la cabeza.
-No, gracias. Voy en coche. ¿Sabes donde esta?
-¿La plaza de toros? Si, claro. En esta ciudad es difícil perderse. Descuida.
Arrancó la moto y salió de allí. Iván se dirigió hacia su coche. Le gustaban las motos pero solo para verlas, prefería la seguridad de un auto.
Estuvo frente a la plaza de toros en apenas unos minutos. Eider tenía razón, era una ciudad muy pequeña. También era tranquila y eso a Iván le producía una seguridad que no podría tener en una gran urbe así que se sentía afortunado en ese aspecto.
Se encontró a Eider en la puerta principal, esperándole. Se dio cuenta de que Eider tenía su manera de vestir a la vez elegante e informal. Se notaba que tenía personalidad.
-¿Preparado?- dijo ella
Él asintió y entraron por la puerta. Un vigilante de seguridad, vestido con su uniforme azul oscuro les paró.
-Esta cerrado, no pueden pasar.- dijo mientras su incipiente calva brillaba al sol, al igual que unos ojos rojos que demostraban que había llorado la muerte de Morente.
-Somos policías- se apresuró en explicar Eider mientras sacaba su placa.
-Ah, si, pasen. Lamento la confusión pero ahora entran muchos curiosos.- el hombre cogió un pañuelo del pantalón y se sonó la nariz.- Lo que nos falta ahora son periodistas que quieran investigar y arruinar a Sergio… Era tan buen chico…
-No se preocupe. En esta sociedad con al muerte de las personas se agrandan los mitos. Primero te dan un puñetazo y luego cuando te mueres te hacen un monumento.- dijo Iván al afligido hombre
-Ya pero hay veces en que como estas muerto y no puedes decir nada ya… Se inventan lo que quieren. Sobretodo esos de la prensa rosa. Bueno aquí les dejo. Pueden investigar lo que quieran. El otro motorista, Larousse, esta en su camerino. El manager de los dos esta en el suyo. Un placer.
El vigilante de seguridad volvió con paso lento y decaído a su puesto de vigilancia. La muerte de Sergio había destrozado a gran parte de la población.
Ambos vieron a un compañero suyo, de la policía científica hablar con un hombre barrigudo que debía de formar parte del espectáculo. Se acercaron en cuanto este se fue.
-Hola, chicos.- les saludó Martín Muñoz, uno de los jóvenes investigadores que era un gran amigo de Iván.- ¿Tú eres la nueva, la vasca? Encantado, soy Martín Muñoz un currito del laboratorio.
-Eider Etxebarri.- dijo ella mientras le daba la mano.
-Bueno, Martín… ¿Qué tenemos por aquí?
-Un muerto- dijo él con su peculiar sentido del humor.- Una gran persona muerta… Y aparte de eso, poco más. No hay nada extraño aparte de la moto y del accidente.
-¿Y en la moto?- peguntó Eider mientras se tocaba uno de sus esponjosos rizos.
-La vamos a llevar al laboratorio. Aquí poco más podemos hacer. Por el momento hemos encontrado huellas. Unas en el manillar, seguramente de Morente, y otras en el motor. También las hemos llevado al laboratorio.
-¿Quién era ese?- dijo Iván mientras señalaba al barrigudo hombre.
-El jefe de los mecánicos. Le estaba preguntando el modelo de la moto y como se podía ver si tenía un fallo o no. Las preguntas sobre el caso las tenéis que hacer vosotros. Seguramente haya sido un fallo suyo, me huele a mí. Se le ve afligido.
-Todos están afligidos.- puntualizó Iván.- Supongo que le tendremos que preguntar.
-Si, será lo más conveniente. Vamos.
Los dos se acercaron a aquel hombre, dejando a Martín en el medio de la pista, observando las marcas que la moto había dejado.
-Buenos días, somos de la policía.- dijo Eider mientras enseñaba su placa.
-Buenos días.- contestó el hombre mientras la miraba de arriba a bajo.
-¿Qué nos puede decir de Morente?- dijo Iván haciendo que la atención del hombre se centrara en él.
-Poca cosa. No nos conocíamos mucho. Nosotros no formábamos parte de su séquito de mecánicos normal.
-¿Y eso?
-Por que él quiso que, durante este espectáculo, todos los que interviniéramos fuéramos de Zamora o, como mucho, de España. Sus mecánicos comunes de los otros espectáculos eran alemanes. Era un buen hombre, eso si te lo puedo decir. Tratamos poco con él pero siempre se mostró abierto y agradable.
-Ajá. Perdonen la pregunta pero, ¿podía a ver sido un fallo vuestro el accidente?- dijo Eider, serena. No parecía preocuparle mucho el acusar de algo semejante.
-Imposible, señorita.
-Ya se que es usted profesional pero, ¿no podía a ver sido eso? Un fallo le tiene cualquiera.- intentó decir Iván con algo más de tacto.
-Ya les he dicho que es imposible. No por que no cometamos fallos si no porque la moto de Sergio no la revisábamos nosotros.
-Y entonces, ¿Quién lo hacía?
-Él mismo. Quería a su moto mucho y no dejaba que nadie, aparte de él, la tocase.
-Entonces, podría a ver sido un fallo suyo.-dijo Eider, frunciendo los labios.
-Podía ser si pero… Ese chico sabía lo que hacía. Quizás mucho más que todos nosotros juntos.
-Gracias por su testimonio.- se limitó a decir ella mientras daba la vuelta.
Iván la siguió hasta el centro de la pista.
-¿Quieres que te diga lo que pienso?
Iván asintió.
-Fallo humano, de él mismo. Es lo que pasa cuando te confías demasiado y no dejas las cosas difíciles para los profesionales.
-Ya os oído lo que ha dicho. Sergio sabía mucho.
-Ya… Pero una cosa es saber y otra creerse…
-Llevaban dos años haciendo el mismo espectáculo. Y, al parecer, Sergio siempre hizo el trabajo con su moto perfectamente.
-Mira ya se que aquí es una especie de ídolo de masas. Pero hay que coger la opción más lógica. No tenemos que dejarnos llevar por nuestros sentimientos.
-Bueno, sea como sea, teneos que esperar el informe del laboratorio. Quizás le sabotearon.
-Lo veo poco probable. Todos bebéis vientos por él.
Iván puso los ojos en blanco.
-Vamos a hablar con el otro motorista. No perdamos más el tiempo.- le apremió ella.