Iván se detuvo ante la puerta de caoba. Posó su mano en el tirador dorado antes de decidir llamar. Sus nudillos chocaron contra la madera en tres ocasiones, provocando un ligero ruido. No obtuvo respuesta del interior así que probó de nuevo, esta vez con más decisión.
-Pasa
Iván hizo caso a la voz y entró. Allí estaba sentado su padre, Carlos de la Fuente. Tenía el pelo cano, corto y con el mismo corte de pelo con el que Iván le recordaba siempre. Sus ojos, marrones y de mirada ingeniosa, eran los mismos que él poseía. Sobre sus manos regordetas reposaban unos folios que leía con detenimiento.
-¿Qué querías?
-Siéntate, hijo.
Iván le hizo caso y tomó asiento en una de las sillas de madera que había frente al escritorio de su padre que, como la mayoría de muebles de la habitación, era de caoba.
-Bien- dijo Carlos de la Fuente mientras dejaba los folios en el escritorio y miraba a su hijo por primera vez desde que entró en el cuarto.
Iván observó a su padre mientras se decidía a hablar. Tenía la típica mirada de cuando iba a decir algo que a él no le iba a gustar. Mientras este se preparaba a hablar, Iván se fijaba en las paredes. Diplomas, recortes de prensa, firmas de gente importante… No por nada su padre era el mejor comisario de toda Castilla y León, aunque solo tuviera poder en la pequeña ciudad de Zamora. Iván le envidiaba y se enorgullecía de él aunque en el cuerpo siempre le trataran de enchufado y apenas valoraran su trabajo por ser hijo suyo.
-Hijo… Tenemos una nueva compañera en el cuerpo. Se llama Eider Etxebarri y viene de Bilbao. Anteriormente era una agente del cuerpo especial contra terrorismo. Ha desactivado varias bombas e incluso salvado la vida de un joven, hijo de un empresario vasco, al que ETA había secuestrado.
-¿Y que la atrae aquí?
-Cuestiones personales. El caso es que es una gran profesional y tengo el honor de nombrarla tu compañera.
-¿Y eso por que?
-Por que te vendrá bien aprender de ella. Iván, levas cuatro años en el cuerpo y tienes un rendimiento bastante bueno pero así no llegarás a la cima. Tienes que trabajar duro y de esta chica podrías aprender.
Iván calló. Siempre deseó que su padre estuviera orgulloso de él pero, al parecer, erraba en el intento.
-Eider con sólo veintitrés años ha llegado casi a la cima. Te vendrá bien.
Iván se sintió impotente. Encima, era una cría. Bueno, vale él sólo tenía veintiséis pero de igual manera era más mayor que ella.
-Bueno.- Sólo pudo decir.- Me tengo que ir.
-Mañana a las nueve preséntate en mi despacho de la comisaría. Te la presentaré y estoy seguro de que te agradará.
-Si tú lo dices… Me voy. Nos vemos.
Iván se marchó de allí. Dio un beso a su madre antes de marcharse y salió por la puerta. Cogió el coche y se alejó poco a poco de la finca de sus padres, en las afueras de Zamora, para adentrarse en la pequeña capital.
Cuando llegó a su piso lo primero que hizo fue tumbarse a ver la televisión. No tenía ganas de hacer otra cosa. Ya era mayorcito pero seguía expuesto a los caprichos de su padre. Eso también le provocaba cierta impotencia.
Miró el reloj verde de la cocina. En quince minutos empezaría la exhibición de Sergio Morente, el Zamorano. Era un motorista de la ciudad que hacía acrobacias y cosas por el estilo. Muy conocido y reputado, todos le admiraban incluido él. Después de una gira por el extranjero de dos años volvía a su ciudad natal y nadie quería perdérselo. La plaza de toros estaba llena y hacía semanas que no quedaban entradas que era precisamente la razón por la que Iván estaba en casa. Se fue a la cama pues ni estaba donde quería estar ni su cabeza pensaba en lo que quería pensar.
En la plaza de toros no cabía ni un alfiler. La multitud se apiñaba por todos los lados. Nadie quería perderse aquel espectáculo. Las luces iluminaron la pista de arena y se oyó una voz masculina diciendo:
-Bienvenidos zamoranos al espectáculo más emocionante de todos los tiempos. Ante ustedes nuestros dos motoristas realizarán peligrosas acrobacias que les pondrán los pelos como escarpias. Recibamos con un fuerte aplauso a nuestro primer artista. – se oyó un redoble de tambores- venido de Francia, el mismísimo, ¡Pierre Larrouse!
Hubo varios aplausos y silbidos aunque mucha gente permaneció callada. Pierre era un buen motorista pero no habían venido a verle a el.
De una de las puertas salió un hombre, vestido con mono azul y casco plateado, que saludaba al público. Se detuvo frente a una plataforma cuadrada y dio un pequeño salto para subirse a ella con absoluta facilidad como si se tratara de un bordillo y no de una plataforma de más de un metro. Luego se concentró y realizó un salto mortal sencillo pero vistoso que emocionó en parte al público.
-Muy bien Pierre- dijo la voz masculina.- Despidámosle con un fuerte aplauso. ¡Hasta luego, Pierre! En un rato nos ofrecerá más cosas pero ahora llegó el momento, Zamora…
Esta vez si que toda la multitud saltó y gritó al unísono.
-Ya llega el único, el inigualable, el gran…- se volvió a escuchar un redoble de tambores aunque esta vez mucho más potente.- ¡Sergio Morente, el Zamorano!
Todo fueron gritos, aplausos y silbidos. La multitud enloqueció al ver a su héroe local.
Sergio Morente salió de otra puerta, vestido con un mono verde y montado sobre una moto de ese mismo color que tenía una estructura que permitía que esta rodase sobre si misma. Sergio fue lentamente a saludar al público, a su público. Alguna lagrimilla se le escapó por sus ojos verdes, tan admirados por las mujeres, que ocultaba su casco negro. Se preparó para hacer una corta acrobacia de presentación, tal como había hecho su colega francés. Aceleró e intentó que la moto rodase sobre si misma. El público aplaudía.
Justo cuando Sergio iba a dar la vuelta sobre si mismo se oyó una explosión y el motor de su moto estalló en llamas. Sergio se encontraba cabeza abajo. La moto saltó en llamas que le engulleron por completo. Enloquecido y sin saber que hacer intentó moverse por lo que sólo consiguió chocar contra el camión de donde los pipas cogían el material. Era una bola de fuego y los bomberos corrieron rápidamente en su busca.
La multitud ya no chillaba al contrario, permanecía en un absoluto silencio. Los bomberos consiguieron apagar el fuego y la ambulancia recogió al zamorano. No hubo más actuación sólo preocupación en el semblante de todos. La gente esperaba noticias. Estas llegaron minutos después, Sergio Morente había muerto.
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