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jueves, 8 de julio de 2010

Capitulo 1

El reloj despertador sonó con un fuerte pitido que hizo que Iván revolviese las sábanas blancas de su cama. Le apagó y suspiró. Eran las nueve menos veinticinco y el sol le daba directamente sobre los ojos. Se había olvidado de bajar la persiana por la noche. Se levantó de la cama, no sin un esfuerzo notable, y empezó a revolver entre el montón de ropa usada colocada encima de la silla de madera del escritorio. Encontró unos pantalones negros un tanto arrugados y se los puso. Cogió del armario una camisa blanca y también se la colocó. Se detuvo cinco minutos en el espejo antes de salir a la calle para coger el coche.
Mientras conducía, Iván cavilaba. Para él era un auténtico alivio que a los de la policía de investigación no les obligaran a vestir uniforme, pues les odiaba. Su padre le costeó, en su época, colegios de pago donde te obligaban a vestir ridículos uniformes que molestaban y picaban. Era un auténtico alivio que pudiera ir así, sin más.
Aparcó el coche a un par de calles de la comisaría y miró su reloj plateado de muñeca. Eran las nueve y tres minutos. Para él eso era llegar perfectamente pues siempre llegaba con cinco o diez minutos de retraso. Sus tripas le rugieron sonoramente, no había podido desayunar.
Cuando entró a la sala abovedada pintada en colores oscuros que era la comisaría, eran las nueve y cinco. Subió la escalera central con bastante premura y torció por el pasillo derecho con un rápido gesto. Se colocó ante la puerta de cristal con el cartel “Carlos de la Fuente, comisario jefe” que le era tan familiar. Llamó tres veces a la puerta y su padre le indicó que pasara.
Primero reparó en su padre, sentado sobre su sofá de cuero negro, con los dedos juntos y la mirada severa.
-Llegas tarde, Iván.
A él le sorprendió que su padre se enfadara por aquello. Siempre llegaba tarde y en esta ocasión sólo habían sido siete minutos.
-La señorita Etxebarri se merecía un poco más de puntualidad. Quiero que en esta comisaría se de ejemplo de buen tesón y comportamiento.
Claro… Era por la nueva. Iván se obligó a reparar en ella. Apenas llamaba la atención y menos con la figura de su padre acaparando todo el ambiente. Reposaba en una de las sillas de plástico negro que había frente al escritorio de Carlos de la Fuente.
Era muy menuda, aunque estaba sentada, Iván podría decir que mediría poco más de metro sesenta. Tenía una cara con rasgos muy dulces y hermosos. Su cabello era de color cobrizo, una extraña mezcla entre pelirrojo y castaño que brillaba con esplendor al sol que se colaba por la ventana. Lo tenía peinado en suaves rizos, aunque liso en el flequillo y la parte delantera. Sus ojos eran verdes y profundos.
Se miraron unos segundos. Él estaba seguro de que le estaba analizando también. Se preguntó que pensaría de él. Tenía el pelo rubio y brillante que no había perdido el color ni un ápice a pesar del tiempo transcurrido. Sus ojos eran marrones y la gente le decía que tenía una mirada perspicaz y despierta. Era alto, delgado y muchas chicas le consideraban un tipo bastante atractivo. Se preguntó que pensaría ella al respecto.
Pasados unos minutos de observación en los que su padre estuvo hablando sobre la puntualidad, el buen hacer y cosas por el estilo, ella se levantó de la silla y le ofreció su mano. Eran manos pequeñas, como todo en ella, que no llevaban más que un sencillo anillo blanco.
-Eider Etxebarri, encantada compañero.
-Iván de la Fuente, igualmente.
Su mano varonil y grande se encontró con la de ella, tan pequeña y femenina.
-Bueno, chicos.- continuó su padre mientras Iván tomaba asiento en la silla de plástico de al lado de Eider.- Os ha tocado un caso difícil para comenzar. Tenéis que investigar lo de ayer… Ya sabéis, la muerte de Sergio Morente.
A Iván aquello le pilló totalmente de imprevisto.
-¿¡Sergio Morente ha muerto!?
-Si. Al parecer anoche hubo un fallo en su moto y salió volando. Se quemó vivo, no se pudo hacer nada por él. Es una auténtica lástima.
Para Iván fue un duro golpe, siempre le había admirado. Eider, en cambio, no movió ni un músculo bien por que ya lo sabía o bien por que, al no ser de Zamora, la noticia no le era tan cercana.
-Tenéis que averiguar de quién fue la culpa. Si de los mecánicos, si del propio Sergio… Para que las aseguradoras puedan intervenir y esas cosas.
Eider asintió mientras Iván se reponía del shock.
-Primero os aconsejo que vayáis a la plaza de toros. Todos los implicados llevan allí desde que sucedió el accidente. Encontrareis a los mecánicos, al mánager, al otro piloto… Podéis sacar algo de ahí.
Los dos asintieron a la vez. Iván iba recuperando el color de la cara.
-Ya podéis marcharos.- les indicó el comisario mientras hacía un gesto señalando la puerta.- Traedme a el culpable de este lío.
-No se preocupe por eso- dijo Eider con su voz cantante y musical.
Los dos salieron por la puerta.
-Bueno… Vamos a trabajar juntos- murmuró ella- espero que seas realmente bueno y no estés donde estés por ser hijo de tu padre.
A Iván siempre le habían hecho bromas al respecto pero nunca habían puesto en duda su trabajo antes de esa manera.
-Por eso no te preocupes.- Intentó que su respuesta sonara en un tono borde pero no lo consiguió, el no solía ser borde.
Desde ese momento a Iván le pareció que la cosa no iba a ser un camino de rosas.
Caminaron juntos durante unos metros y ella se paró delante de una Honda Passion de color rojo.
-¿Te llevo?- le preguntó mientras sacaba un casco plateado y se le ponía en la cabeza.
-No, gracias. Voy en coche. ¿Sabes donde esta?
-¿La plaza de toros? Si, claro. En esta ciudad es difícil perderse. Descuida.
Arrancó la moto y salió de allí. Iván se dirigió hacia su coche. Le gustaban las motos pero solo para verlas, prefería la seguridad de un auto.
Estuvo frente a la plaza de toros en apenas unos minutos. Eider tenía razón, era una ciudad muy pequeña. También era tranquila y eso a Iván le producía una seguridad que no podría tener en una gran urbe así que se sentía afortunado en ese aspecto.
Se encontró a Eider en la puerta principal, esperándole. Se dio cuenta de que Eider tenía su manera de vestir a la vez elegante e informal. Se notaba que tenía personalidad.
-¿Preparado?- dijo ella
Él asintió y entraron por la puerta. Un vigilante de seguridad, vestido con su uniforme azul oscuro les paró.
-Esta cerrado, no pueden pasar.- dijo mientras su incipiente calva brillaba al sol, al igual que unos ojos rojos que demostraban que había llorado la muerte de Morente.
-Somos policías- se apresuró en explicar Eider mientras sacaba su placa.
-Ah, si, pasen. Lamento la confusión pero ahora entran muchos curiosos.- el hombre cogió un pañuelo del pantalón y se sonó la nariz.- Lo que nos falta ahora son periodistas que quieran investigar y arruinar a Sergio… Era tan buen chico…
-No se preocupe. En esta sociedad con al muerte de las personas se agrandan los mitos. Primero te dan un puñetazo y luego cuando te mueres te hacen un monumento.- dijo Iván al afligido hombre
-Ya pero hay veces en que como estas muerto y no puedes decir nada ya… Se inventan lo que quieren. Sobretodo esos de la prensa rosa. Bueno aquí les dejo. Pueden investigar lo que quieran. El otro motorista, Larousse, esta en su camerino. El manager de los dos esta en el suyo. Un placer.
El vigilante de seguridad volvió con paso lento y decaído a su puesto de vigilancia. La muerte de Sergio había destrozado a gran parte de la población.
Ambos vieron a un compañero suyo, de la policía científica hablar con un hombre barrigudo que debía de formar parte del espectáculo. Se acercaron en cuanto este se fue.
-Hola, chicos.- les saludó Martín Muñoz, uno de los jóvenes investigadores que era un gran amigo de Iván.- ¿Tú eres la nueva, la vasca? Encantado, soy Martín Muñoz un currito del laboratorio.
-Eider Etxebarri.- dijo ella mientras le daba la mano.
-Bueno, Martín… ¿Qué tenemos por aquí?
-Un muerto- dijo él con su peculiar sentido del humor.- Una gran persona muerta… Y aparte de eso, poco más. No hay nada extraño aparte de la moto y del accidente.
-¿Y en la moto?- peguntó Eider mientras se tocaba uno de sus esponjosos rizos.
-La vamos a llevar al laboratorio. Aquí poco más podemos hacer. Por el momento hemos encontrado huellas. Unas en el manillar, seguramente de Morente, y otras en el motor. También las hemos llevado al laboratorio.
-¿Quién era ese?- dijo Iván mientras señalaba al barrigudo hombre.
-El jefe de los mecánicos. Le estaba preguntando el modelo de la moto y como se podía ver si tenía un fallo o no. Las preguntas sobre el caso las tenéis que hacer vosotros. Seguramente haya sido un fallo suyo, me huele a mí. Se le ve afligido.
-Todos están afligidos.- puntualizó Iván.- Supongo que le tendremos que preguntar.
-Si, será lo más conveniente. Vamos.
Los dos se acercaron a aquel hombre, dejando a Martín en el medio de la pista, observando las marcas que la moto había dejado.
-Buenos días, somos de la policía.- dijo Eider mientras enseñaba su placa.
-Buenos días.- contestó el hombre mientras la miraba de arriba a bajo.
-¿Qué nos puede decir de Morente?- dijo Iván haciendo que la atención del hombre se centrara en él.
-Poca cosa. No nos conocíamos mucho. Nosotros no formábamos parte de su séquito de mecánicos normal.
-¿Y eso?
-Por que él quiso que, durante este espectáculo, todos los que interviniéramos fuéramos de Zamora o, como mucho, de España. Sus mecánicos comunes de los otros espectáculos eran alemanes. Era un buen hombre, eso si te lo puedo decir. Tratamos poco con él pero siempre se mostró abierto y agradable.
-Ajá. Perdonen la pregunta pero, ¿podía a ver sido un fallo vuestro el accidente?- dijo Eider, serena. No parecía preocuparle mucho el acusar de algo semejante.
-Imposible, señorita.
-Ya se que es usted profesional pero, ¿no podía a ver sido eso? Un fallo le tiene cualquiera.- intentó decir Iván con algo más de tacto.
-Ya les he dicho que es imposible. No por que no cometamos fallos si no porque la moto de Sergio no la revisábamos nosotros.
-Y entonces, ¿Quién lo hacía?
-Él mismo. Quería a su moto mucho y no dejaba que nadie, aparte de él, la tocase.
-Entonces, podría a ver sido un fallo suyo.-dijo Eider, frunciendo los labios.
-Podía ser si pero… Ese chico sabía lo que hacía. Quizás mucho más que todos nosotros juntos.
-Gracias por su testimonio.- se limitó a decir ella mientras daba la vuelta.
Iván la siguió hasta el centro de la pista.
-¿Quieres que te diga lo que pienso?
Iván asintió.
-Fallo humano, de él mismo. Es lo que pasa cuando te confías demasiado y no dejas las cosas difíciles para los profesionales.
-Ya os oído lo que ha dicho. Sergio sabía mucho.
-Ya… Pero una cosa es saber y otra creerse…
-Llevaban dos años haciendo el mismo espectáculo. Y, al parecer, Sergio siempre hizo el trabajo con su moto perfectamente.
-Mira ya se que aquí es una especie de ídolo de masas. Pero hay que coger la opción más lógica. No tenemos que dejarnos llevar por nuestros sentimientos.
-Bueno, sea como sea, teneos que esperar el informe del laboratorio. Quizás le sabotearon.
-Lo veo poco probable. Todos bebéis vientos por él.
Iván puso los ojos en blanco.
-Vamos a hablar con el otro motorista. No perdamos más el tiempo.- le apremió ella.

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